«MIME» es un acrónimo de la frase «Mínima Invasión, Máxima Empatía». La filosofía MIME describe a un profesional canino que usa la estrategia de mínima invasión y máxima empatía, operativizada a través de un conjunto de tácticas humanitarias, empáticas, respetuosas y efectivas cuya alta probabilidad de éxito en lograr un objetivo de entrenamiento o cambio de comportamiento está avalada por la ciencia. La adhesión a MIME también requiere que los profesionales tengan la formación y las habilidades adecuadas para garantizar que se utilicen dichos procedimientos de forma solvente. 

 

1. La regla MIME y la educación canina para la convivencia 

Los perros necesitan de nuestro apoyo para poder adaptarse y superar las barreras del mundo al que les traemos. Tradicionalmente su ajuste a las exigencias sociales humanas se ha construido, sobre una base asimétrica, mediante tecnologías (herramientas y/o técnicas) de índole punitiva. En este sentido, incluso el término obediencia básica no estaría totalmente exento de connotaciones de sometimiento y verticalidad que desde la ANPECEC consideramos anacrónicas. Además, el entrenamiento en obediencia se vincula históricamente con la oferta de servicios educativos en régimen de internado; delegación por parte de los tutores que corre el riesgo de exacerbar la asimetría ya existente y opera sobre el desconocimiento de la estrecha vinculación afectiva que forman los perros con aquéllos. Como alternativa frente a este modelo obsoleto, se plantea la migración hacia un paradigma distinto, consistente en la educación cooperativa para la convivencia.

La emergente educación cooperativa para la convivencia optimiza el bienestar de los perros porque: (a) se basa en metodologías amables de carácter cooperativo que excluyen la aplicación de estimulación aversiva y, por consiguiente, no infunden miedo ni dolor en los perros; (b) elude excesos controladores, tanto en su diseño como en la aplicación cotidiana; (c) reivindica la necesidad de simetría al poner énfasis sobre el entrenamiento del guía humano, con especial atención a la comprensión de las necesidades del perro y sus señales de comunicación para no tener que proceder por ensayo y error; (d) al mismo tiempo que responsabiliza a los tutores humanos, fomenta la percepción de control por parte de los perros; (e) además, si bien reconoce la necesidad de cumplir con ciertas exigencias de adaptación en la práctica, ofrece estrategias conductuales flexibles para llegar a dichos objetivos, tomando por ello en consideración las preferencias y fortalezas de cada diada perro-humano; (f) focaliza sobre la adquisición de habilidades relevantes para poder conducirse con mayores cotas de independencia, confianza y versatilidad en los diversos ambientes propuestos; (g) equilibra el aprendizaje de dichas conductas con ofertas para adquirir un mayor grado de maestría en conductas ecológicamente relevantes para los perros, es decir tareas a favor de instinto, como el trabajo de nariz; y (h) como corolario de un abordaje libre de elementos coercitivos, respetuoso y empático, abona la vinculación segura entre cada perro y su tutor/a.

Para los propósitos de este documento se define cooperación como la acción de trabajar juntos hacia la consecución de un objetivo respetuoso. Perros y humanos pertenecemos a especies altamente colaborativas, pero distintas. A diferencia de la colaboración, la cooperación no reposa necesariamente sobre una visión compartida por perros y humanos. En este sentido, pese a que desde la ANPECEC entendemos que los perros forman parte de nuestras familias y no excluimos la posibilidad de alcanzar la colaboración con ellos, entendemos que la cooperación bidireccional, del humano hacia el perro y viceversa, ofrece un camino más modesto, pero también más realista y cuantificable. La colaboración se podría entonces concebir como un destino final o la línea envolvente que emergería de la continua aplicación de formas de cooperación, instrumentales en el sentido de que a través de ellas, el y el yo deviene nosotros/as.

 

2. Principios directores de la actuación de los miembros de la ANPECEC

Definida la meta, es el turno de analizar los dos principios vertebradores que integran la regla de Mínima Invasión y Máxima Empatía (MIME), cuyo objetivo solidario es guiar e informar, en las circunstancias particulares de cada caso, la elección de la estrategia de intervención más respetuosa por parte de nuestros profesionales.

 

2.1. Principio de minimización del grado de invasión sobre la autonomía del perro

Los profesionales adheridos a la ANPECEC elegirán la estrategia que repose sobre procedimientos que, ofreciendo una reconocida efectividad y eficiencia, minimicen el grado de invasión sobre la autonomía del perro. Varias aclaraciones resultan pertinentes para comprender su alcance.

En primer lugar, el concepto de grado de invasión de la autonomía incluye, pero es más amplio y por tanto más exigente, que el referente al nivel de aversión de la intervención. Sin ir más allá, cuando se trata de gobernar la vida de un perro hasta el más mínimo extremo, hurtándole la posibilidad de tomar iniciativas mediante incesantes señales/solicitudes, se puede invadir su autonomía de forma muy notable, a pesar de no infligirle estimulación aversiva alguna cuando se hace a través de procedimientos de adición de reforzadores.

En segundo lugar, con independencia de la presencia o no de estimulación aversiva, cabría evaluar el grado de invasión de una intervención de forma objetiva en función del impacto negativo sobre el individuo, tanto a corto como a medio y largo plazos: daño físico, comportamiento emocional generalizado de índole problemática, apatía, pasivización o supresión de la iniciativa, indefensión aprendida, contracontrol etc.

En tercer lugar, la aplicación de estimulación aversiva, en el caso de existir, resulta más problemática y limita más la autonomía de los perros cuando reviste mayor intensidad, carácter no contingente (impredecible) desde la óptica del perro, y/o inevitabilidad.

En general y a título de ejemplo, en aplicación del principio de mínima invasión de la autonomía los profesionales que trabajan en el ámbito comportamental: (a) adoptarán decisiones conservadoras y cautas en el estadio de evaluación, como puede ser la puesta a prueba de conjeturas respecto de las conductas problemáticas; (b) recurrirán preferentemente a medidas de prevención cuando éstas no menoscaben la calidad de vida del perro, ni incidan de forma negativa y desproporcionada sobre la autonomía del cliente; (c) implementarán y recomendarán la aplicación de tests de consentimiento conductual por parte del perro en el ámbito de la intervención; (d) respetarán la iniciativa del perro evitando microgobernar su vida, incluso cuando dicha injerencia tenga lugar a través de procedimientos amables (adición de reforzadores); y (e) velarán por el bienestar global del sujeto.

 

2.2. Principio de maximización de la empatía respecto del perro 

Los profesionales adheridos a la ANPECEC elegirán la estrategia que repose sobre procedimientos que, ofreciendo una reconocida efectividad y eficiencia, maximicen el grado de empatía con todas las partes implicadas y en particular respecto de los perros.

Empatía se define como la capacidad de reconocer, comprender y compartir las emociones ajenas, siendo condición insoslayable para el comportamiento compasivo. Desde la ANPECEC, en el ámbito de la educación canina, abogamos por la adopción del principio de maximización de la empatía, es decir a favor de la toma de perspectiva por nuestra parte respecto de las necesidades de los perros, como expresión de máximo respeto hacia ellos. Para los propósitos de este documento dicho ejercicio reposa en última instancia sobre conjeturas fundamentadas en la ciencia y, en la medida que ésta desentraña de forma paulatina las características biológicas, psicológicas y sociales de los perros, queda por tanto sujeta a una interpretación prudente y a la llamada excepción del estado de la ciencia en cada momento histórico

En aplicación del principio de maximización de la empatía, los profesionales adheridos se esforzarán por diseñar e implementar pautas que contribuyan a colmar las necesidades de cada individuo, entendidas con un carácter amplio, en particular las que subyacen a la conducta objeto de consulta por parte del cliente. Como se ha apuntado más arriba, dichas necesidades se pueden deducir de sus características biológicas (comprendiendo en particular su Umwelt o equipamiento sensorial), psicológicas y sociales, e incluirían con carácter general las libertades que a continuación se enumeran.

(a) Las cinco básicas generalmente reconocidas a otras especies domésticas con las adaptaciones necesarias: frente a carencias y excesos nutricionales, incomodidades e interferencias en su descanso; dolor, lesiones, y enfermedades evitables/tratables por medio de atención veterinaria tempestiva; frente al miedo y el distrés, ofreciendo espacios de privacidad, seguridad y demás condiciones que eviten el sufrimiento psicológico; y para expresar conductas normales incluyendo la interacción con perros, o su evitación, y la libre selección de sus amistades.

(b) Libertad frente a la soledad, proveyendo para ello la posibilidad de establecer una adecuada conexión emocional también con humanos, el referenciado social que aproveche al mejor ajuste del perro a sus circunstancias de vida y, en supuestos de desadaptación, todo el apoyo profesional que resulte que precise. Como en el caso de la libertad para establecer interacciones productivas con otros perros, la presente también comprende una faceta negativa.

Libertad frente a la obligación de establecer contacto en caso de reticencia por parte del perro. La inclusión de esta última faceta tiene como objetivo concienciar sobre la mala práctica que representa imponer a los perros la obligación de permitirnos ser abordados sin haber solicitado y prestado consentimiento. Lógicamente no excluye intervenciones tendentes a corregir la deficiente sociabilización de un determinado individuo con humanos, aunque sí supone la necesidad de articularlas a favor del perro enfatizando el requisito de previo consentimiento.

(c) Libertad frente al déficit de naturaleza, proporcionando un acceso suficiente al ambiente en el que evolucionó su especie, a través de estrategias restaurativas como el paseo (incluyendo el paseo suelto), el enriquecimiento ambiental y diversas propuestas de estimulación sensorial.

(d) Libertad frente a la supresión conductual derivada del cautiverio, abonando el normal desarrollo emocional y cognitivo, a través de la expresión de conductas típicas de su especie, con particular atención a proveer tiempo suficiente para explorar a su ritmo y jugar si es su voluntad, y en su caso, facilitando el acceso a desafíos que les permitan la adquisición de maestría en áreas de su vocación.

(e) Libertad frente al excesivo control humano con la consiguiente frustración y supresión comportamental, ofreciendo amplias oportunidades para elegir entre diversas opciones relevantes y para ejercer control mediante la expresión de sus preferencias.

(f) Libertad frente a indefensión aprendida, neurosis y cualesquiera otros procesos psicopatológicos también en el ámbito de las intervenciones educativas que, por consiguiente, deberán basarse sobre una comunicación clara y metodologías técnicamente actualizadas, compasivas y tendentes a aumentar las habilidades de los perros para adaptarse y desenvolverse en nuestro entorno con las máximas cotas de independencia, confianza y flexibilidad posibles.

 

3. Articulación de los principios MIME en la práctica

A diferencia de otras reglas decisorias, los dos principios básicos incorporados en la regla MIME convergen en su aplicación práctica, dado que lo que minimiza el grado de injerencia sobre la autonomía del perro también maximiza la empatía de una intervención, y viceversa. A pesar de dicha consonancia, resulta productivo mantener la separación entre ambos, con el fin de proporcionar a los profesionales un instrumento dotado de un mecanismo interno de control.

Por otra parte, tal estructura sigue también la actual tendencia consistente en cuestionar la resolución de cualesquiera quiebras de efectividad de las estrategias aplicadas a través de escaladas automáticas del grado de coerción implícito en los procedimientos propuestos en el plan de modificación de conducta. En este sentido la ANPECEC comparte la visión de que no se puede dar por supuesto que un incremento en el grado de aversión constituya la solución preferible cuando la intervención anteriormente propuesta fracasa. Por el contrario, resulta no solo más compasivo, sino también más realista y productivo, identificar el obstáculo que impide el avance revisando de forma concienzuda y creativa el plan de trabajo original (reevaluación el caso), vigilando la adecuada implementación de dicho plan, y descartando que entre las sesiones de trabajo se estén produciendo aprendizajes contraproducentes a través de exposiciones no meditadas por parte de las personas tutoras o aquellas en quienes delegan los cuidados.

En la práctica la aplicación de los principios MIME genera un algoritmo o sistema de 10 pasos que, de forma a veces simultánea y otras secuencial, los profesionales comportamientalistas pueden recorrer, solo en caso de necesidad, con el objetivo de avanzar hacia la consecución de los objetivos marcados asegurando así una buena praxis. Con carácter previo debemos aclarar que resulta imprescindible la toma de datos y la grabación de los componentes más relevantes de las sesiones de trabajo para poder superar los eventuales bloqueos de una forma informada.

 

1. Análisis de las necesidades particulares y generales del perro.

La regla MIME diverge de otros protocolos al incluir la toma de perspectiva respecto de las necesidades como punto de inicio y con carácter sistemático, en lugar de aguardar a la formulación y fallida implementación de un plan de entrenamiento para evaluar, además de forma fragmentaria, algunas de las necesidades/libertades bajo epígrafes como el de operaciones motivacionales (deprivación y saciación) o similares. Desde la ANPECEC instamos así a los profesionales a interpretar el bienestar de los perros de una forma amplia entendiendo que la verificación de su adecuada satisfacción ha de ser un punto previo a cualquier intervención comportamental. Dichas necesidades han sido ya analizadas en secciones previas a las cuales nos remitimos.

 

2. Evaluación objetiva de los niveles de estrés y del tipo de vinculación con la persona/s tutora/s.

Este paso es contemporáneo con el anterior ya que, de hecho, supone la especificación de varias necesidades básicas. De una parte, la existencia de niveles de estrés anormales y su cronificación, ya deriven de una estimulación deficitaria (estrés por infraestimulación) o de sobrecargas sensoriales (estrés por sobreestimulación), implica la desatención de una o varias de las necesidades de los perros. Por descontado, dichos problemas de comportamiento se deben resolver abordando la causa subyacente, en lugar de atajar lo que constituye un mero epifenómeno comportamental a través del entrenamiento. En general, se ha de tener en cuenta que los procesos de estrés suponen una puerta de comunicación entre enfermedad física y mental; a mayor carga alostática más proclive será un perro a mostrar todo tipo de problemas de comportamiento. De otra parte, un vínculo afectivo seguro con la/s referencias humana/s para el perro constituye una de las necesidades básicas de mayor calado. No en balde, la calidad del vínculo se interrelaciona de forma estrecha con los niveles de estrés, pudiendo representar bien, un estresor de primer orden, o bien un factor protector frente a otros estresores.

 

3. Valoración sobre la necesidad de recomendar un chequeo médico veterinario completo. 

Se trata de un paso simultáneo con los anteriores, relacionándose de forma tan estrecha con ellos que puede resultar indistinguible. Sin ir más allá, la preceptiva libertad frente al dolor implica, en caso de vulnerarse, un estresor de gran envergadura susceptible de generar conductas desadaptadas. De nuevo, la solución a dichas conductas no debe pivotar sobre el entrenamiento del perro, sino sobre el de las personas tutoras para, en su caso, advertir la sintomatología más evidente de algunas enfermedades (otitis, displasia, o artrosis, entre otras) y/o los precursores de dolor, y recabar un chequeo médico veterinario que permita atajar sus causas últimas o, cuanto menos, la adopción de remedios paliativos.

Además, ha de tenerse en cuenta que los cambios súbitos en el comportamiento se pueden relacionar, en un elevado número de casos, con problemas de salud. En este sentido, la ANPECEC se enorgullece de promover la colaboración entre profesionales competentes para mejorar la calidad de vida de los perros. Además de colaborar derivando consultas a los veterinarios, los profesionales comportamentalistas adheridos recomendarán herramientas y técnicas de manejo que minimicen los riesgos de que un perro sufra lesiones, o se le agraven las ya existentes.

 

4. Mejora de las habilidades de comunicación por parte del humano

La deficiente comunicación está en el origen de muchos desencuentros. Sin duda redunda en un incremento de los niveles de estrés en ambos polos de la relación y, junto a la frustración, puede originar un rápido deterioro de la misma. Ante el desajuste comportamental del perro su referente humano puede incoar (o proseguir) una dinámica de contracontrol que, en el peor de los casos, concluirá con la ruptura definitiva del vínculo. A sensu contrario, una buena comunicación constituye un factor protector de la relación y favorece el buen ajuste comportamental por parte de los perros.

La responsabilidad de propiciar una buena comunicación se distribuye de forma asimétrica entre perros y humanos recayendo, en buena lógica, el mayor peso sobre quienes ostentan mayor control ambiental. Por consiguiente, cobra particular relevancia la adecuada instrucción de los clientes por parte de los profesionales comportamentalistas. Habrá ocasiones en que el adecuado entrenamiento de habilidades de observación en los tutores hará del todo innecesario intervenir sobre los perros a través de condicionamientos. Cuando la instrucción del polo humano no sea suficiente constituirá, no obstante, la piedra angular sobre la que reposan otras intervenciones más invasivas, ya se trate de control de antecedentes o postcedentes (entrenamiento del perro).

Por otra parte, debemos tener en cuenta que los perros han adquirido también una comprensión sutil de ciertas señales comunicativas humanas a lo largo de miles de años de coevolución con nuestra especie. Nos corresponde como profesionales profundizar en el estudio y aprovechamiento de dichos innatismos; la sensibilidad al señalamiento con la mano es solo una de dichas señales.

En definitiva, el adecuado conocimiento y regulación por parte de los humanos involucrados en el cuidado de los perros de la comunicación bidireccional entre ellos y nosotros puede, incluso sin necesidad de otra intervención, constituir una solución al desajuste objeto de consulta. En aquellos casos en los que no baste servirá, sin embargo, para aligerar la carga residual de control de antecedentes y/o entrenamiento que se precisa, redundando en intervenciones no solo más efectivas, eficientes y económicas sino, ante todo, más  cooperativas y empáticas.

 

5. Control de antecedentes y sus límites.

Cuando la adopción de medidas de prevención resulta suficiente, la intervención postcedente puede ser innecesaria. Ahora bien, esta reflexión que debe fundarse en los criterios de mínima invasión y máxima empatía (MIME), dependerá de las circunstancias de cada caso. Porque determinadas restricciones también pueden llegar a coartar en una medida excesiva el necesario grado de libertad física y comportamental (por ejemplo, llevar al perro de correa siempre), y en tales casos resultará menos invasivo y más empático diseñar una intervención a través de aprendizaje.

 

6. Entrenamiento de conductas de reemplazo a través de adición de reforzadores.

En este estadio la intervención se centra en ampliar el repertorio de conductas adaptadas del perro, lo cual supone la adopción de un enfoque constructivo, por oposición a uno de corte eliminatorio. Con tal fin, además de abonar la adquisición de la nueva conducta mediante la adición de reforzadores, se insta a evitar los errores. Para ello recomendamos enseñar en vacío, es decir lejos de la situación que evoca la conducta desadaptada, un mínimo de dos conductas de reemplazo similares en nivel de arousal a aquélla.

Además, con el fin de asegurar el respeto a los principios de mínima invasión y máxima empatía (MIME), los profesionales harán un uso creativo de tests de consentimiento, generando protocolos y sistemas de trabajo que verifiquen de forma continuada la disposición del perro para colaborar. Solo cabrá dispensar su aplicación, de forma excepcional, cuando así lo justifique un interés superior relativo al bienestar del perro y/o a la seguridad de otros seres vivos, y no exista una alternativa más respetuosa. Este aspecto reviste particular importancia cuando abordamos problemas que requieren para su superación de terapias de exposición (por ejemplo, miedo a perros, a humanos, a ruidos etc.). En ningún caso la deficiente planificación y/o la carencia de suficientes habilidades por parte del profesional constituye un motivo legítimo para prescindir de los tests de consentimiento.

Por otra parte, como ya se ha mencionado, se propiciará un aprendizaje libre de errores, procediendo a subdividir la tarea a través de moldeamiento, y a controlar las diversas variables ambientales, hasta que las nuevas conductas alcancen el grado de robustez necesario que permita, más tarde, naturalizar la situación. Dicha naturalización consistirá en: (i) relajar variables tales como la distancia respecto del estímulo problemático, la duración de la exposición, y las distracciones presentes sin erosionar la fiabilidad; e (ii) introducir también la segunda conducta, para que el perro disponga de una alternativa.

En ANPECEC entendemos que, a lo largo de toda la intervención, resulta crucial poner al perro en la situación de tener éxito, pero también la preservación del mayor grado de autonomía posible ya que esto redundará en su bienestar integral y confort psicológico a largo plazo.

 

7. Manejo adecuado del procedimiento de extinción.

Cuando tratamos de modificar una conducta desadaptada es muy importante prevenir que ésta aflore, en particular en el curso de la instalación de las conductas de reemplazo. Si esto ocurriera por error en el planteamiento, además de corregir el criterio de entrenamiento, resulta importante evitar que el perro contacte con los reforzadores que mantenían dicha conducta. Esta cautela es la expresión del  principio de aprendizaje conocido  como extinción.

La extinción resulta efectiva para modificar la conducta subyacente, pero es aversiva en la medida que conlleva un notable grado de frustración para el perro y puede dar pie a incrementos temporales de la conducta desadaptada (estallidos de extinción). Ésta es la razón por la que resulta preferible el enfoque sin errores durante la instalación de la conducta alternativa. Además, en aquellos casos en los que resulte necesaria la aplicación de un proceso de reforzamiento diferencial (procedimiento compuesto de un programa de adición de reforzadores para la nueva respuesta y un programa de extinción para la anterior) deberá también minimizarse el número de ensayos de extinción.

 

8. Revisión concienzuda en caso de estancamiento.

Ante el estancamiento en la progresión de las mejoras de un caso hacia los objetivos prefijados, se debe evitar caer en la tentación de incrementar de forma automática el grado de coerción aplicado. Para evitar dicha escalada, lo más productivo es revisar de forma concienzuda el planteamiento del caso para detectar entre otros: (a) cualquier error cometido en la fase de evaluación, (b) errores de planificación o durante la implementación de los procedimientos, o (c) errores en el manejo entre sesiones por parte de los tutores u otras personas delegadas. No debemos olvidar que la planificación, la destreza manual e incluso la capacidad de instruir a otros aprendices son habilidades de entrenamiento susceptibles de mejora. Solo creciendo como educadores lograremos obtener resultados superiores evitando el uso de estimulación aversiva y esquivando, por ende, los importantes efectos secundarios a los que ésta puede dar lugar.

 

9. Consultas y derivaciones a otros profesionales especializados.

Durante el proceso de revisión del caso iniciado en el estadio anterior puede suscitarse la necesidad de consultar (o incluso de derivar) el caso a otro profesional que atesore un mayor grado de competencia o especialización. Dichas consultas, sobre la base de los datos recogidos, incluyendo filmaciones, pueden resultar claves para que un profesional valore el alcance de su competencia, permitiéndole así tomar una decisión informada sobre la conveniencia de continuar o no a cargo del caso. Cuando la consulta con otro profesional más competente se prolonga en el tiempo también puede dar pie a una supervisión formal o mentorazgo susceptible de servir para los objetivos de formación continua. Los profesionales pueden hacer uso de los listados de ANPECEC para estos propósitos y/o para una eventual derivación.

 

10. Administración de nutracéuticos o derivación para la prescripción de psicofármacos.

El cerebro es sin duda el órgano dotado de mayor plasticidad. Existe una relación transaccional, es decir con interacciones mutuas, entre el comportamiento y la fisiología cerebral, de tal suerte que: (a) cambiando el comportamiento muta también la fisiología cerebral y, (b) por otra parte, la promoción de cambios fisiológicos permite acceder a un repertorio comportamental distinto. Esta constatación de la moderna Neuropsicología puede resultar de interés, por ejemplo, para el manejo de casos en los que el profesional comportamentalista disponga de un margen muy pequeño para hacer exposiciones que aprovechen a la modificación de conducta. En este sentido, la incorporación de nutracéuticos, no sujetos a receta, o de psicofármacos, previa la consulta con un médico veterinario competente y de forma proporcional con las necesidades del caso, constituye también una estrategia legítima para encauzar un caso y salvar bloqueos en el progreso del mismo.

 

4. Cláusula final sobre el reajuste de los objetivos y/o las soluciones tecnológicas aplicadas. 

Cuando, de forma diligente, se han agotado los diez pasos previos sin poder solucionar el caso, se abren al menos dos opciones para el profesional. De una parte, de acuerdo con el cliente, cabría reajustar los objetivos prefijados. No obstante, cuando dicha corrección de expectativas no sea una opción a considerar porque, por ejemplo, la conducta desadaptada supone un riesgo inaceptable para otras personas, otros animales, o para el propio perro, otra opción consistiría en considerar con cautela la aplicación de protocolos más coercitivos como los de reforzamiento negativo diferencial.

Esto no significa que desde la ANPECEC se respalde en grado alguno la idea de que métodos más invasivos y menos empáticos arrojen una efectividad mayor, pretensión totalmente opuesta a la presente regla MIME. La cuestión de fondo es que, cumpliendo con todas las garantías de competencia, diligencia y buena praxis previstas en la regla MIME y el resto del código ético, un procedimiento que en abstracto representa un grado de coerción relativamente mayor puede, de forma excepcional, abrir una vía de ayuda donde antes no existía. En tales casos, singulares por la experiencia acumulada en el ámbito del entrenamiento animal, en general, y por el propio diseño garantista de la presente normativa respecto al bienestar del perro, dicho abordaje podrá considerarse el menos invasivo y más empático para el caso de referencia.

En definitiva, el objetivo superior de la regla MIME y del protocolo dimanante cuyos diferentes pasos hemos ido desgranando consiste en desterrar el uso de estimulación aversiva, instando para ello a los profesionales a trabajar de forma empática, sistemática y creativa. En esa medida, y con el respaldo que supone una asociación de profesionales que comparten la misma mentalidad, creemos que MIME puede dotar a las personas adheridas a la ANPECEC de un instrumento valioso para seguir mejorando el bienestar de los perros y continuar contribuyendo así a construir una sociedad más justa también para ellos. 

 

 

MIME – 1.0. – Luis Souto Soubrier – marzo 2021